Aún recuerdo cuando entré en este bar por primera vez. Era un miércoles, pasadas las nueve de la mañana, la hora del desayuno. Me llamó la atención que todavía quedaran sitios así, en pleno centro de la capital hispalense, donde el tiempo parece no haber pasado. Tiene el encanto de los bares de siempre, de los de toda la vida.
Es un bar-cafetería muy pequeño, pero merece la pena pasarse por aquí. No tiene nada que ver con las grandes cafeterías que tardan diez minutos en atenderte, y que luego, además, te sirven frío el café. En Julio César, antes de que te dé tiempo a pensar lo que vas a pedir, ya te lo está preguntando la persona que está detrás de la barra. Las mesas, muy pequeñas, están pegadas a la pared, al igual que ocurre con sus sillas acolchadas.
Lo mejor de este bar son, sin lugar a dudas, las tostadas. Pan recién tostado, jamón de gran calidad y un poco de tomate restregado para finalizar esta interesante ecuación. Sin ánimo de exagerar, son capaces de levantar a un muerto.
A pesar de su emplazamiento, los precios son muy asequibles, y por poco más de dos euros te marchas perfectamente desayunado. Una vez que entres en esta cafetería, se convertirá en tu lugar habitual para la pausa de media mañana.
La calidad de los productos y la rapidez con la que te atienden
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