Me gustan los países nórdicos, y Olsen es un buen representante de la austeridad y la belleza serena de sus ciudades. Cuando llegué lo primero que me entusiasmó fue la decoración de líneas sencillas y funcionales con maderas de abedul en tonos claros, luces indirectas, cálidas y precisas y la embriagadora música que llenaba el local sin estridencias, como un buen perfume. En las mesas gente estilosa con sus copas en la mano, y una carta variada con pescados, ahumados, platos de caza, vegetales y una variedad inconcebible de vodkas (80) que preparan con frutas aromáticas, hierbas y otros ingredientes sorprendentes.
probé el Carpaccio de atún rojo, remolacha, frambuesas, queso de oveja y Krein (una pasta de rábano picante muy sabrosa pero a la vez ligera). La verdad me sorprendió pues aunque no soy muy ortodoxa en cuestiones de cocina, me asustaba la cantidad de ingredientes temperamentales que acompañarían el atún de sabor delicado. No hubo fallo. Funcionaban armónicamente sin epatar los sentidos. Después de gozar del colorido plato, como un niño en una feria, llegó el Cangrejo Rojo Real con Blini de pumpernickel, apio nabo, manzana y setas. Si, asusta ¿Cómo arriesgarse mezclando el lujoso marisco de sabor purísimo con tantas sensaciones? Lo hicieron y consiguieron uno de los platos más ricos en texturas y sabores que he probado. Densidad y frescura, todo a la vez como en una danza ritual en la que espíritu y cuerpo son al fin uno solo.
El menú escandinavo adoro el cangrejo rojo y es muy costoso en otros locales...
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