Pasaba yo por la calle Conde de Montornes mirando como siempre los balcones y de repente me llamo la atención una puerta con un patio y una enorme maceta de la que salían mil tarjetitas de la tierra me acerque y cojí una y resulta que era un restaurante para curiosillos o cotillas como yo que solo se fijan en el lugar más recóndito y van a sentarse en sitio más escondido.
Ese mismo día decidí comer allí y me encantó tanto el chico que me atendió como la manera de pedir el menú, todo riquísimo y de precio genial porque te dan varias opciones en la carta para combinar los platos como quieras.
Regalaban unas chapas con unos diseños chulisimos, esto que no se enteré nadie pero como una niña pequeña me las llevé casi todas, no se para que pero ahí las tengo por lo menos me recuerdan el buen montento que pasé comiendo esos espárragos crujientes y caramelizados.
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