Algunos restaurantes supuestamente orientales y con renombre deberían tomar nota de la humildad y el saber hacer de los pequeños negocios familiares. Es el caso de este Moharaj (hay dos en Lavapiés). El dueño Abdul y sus parientes son encantadores, se desviven por atenderte y que quedes contento. Deja de lado los prejuicios sobre este tipo de lugares y disfruta de la comida, porque es magnífica. El pollo, las samosas... pidas lo que pidas te gustará.
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