Quizás no todos los días uno se pueda permitir la asistencia a un templo gastronómico como este, pero probarlo resulta casi una cita ineludible con el buen alimento. Yo no se si el pescado estará bueno o si las ensaladas y las verduras tendrán un toque especial, pero lo que si puedo asegurar es que la carne de buey a la piedra merece algún tipo de sacrificio como escalar sin arnés la muralla china. Es realmente un lujo. Desde el primer momento que pasas por la puerta ya te estás impregnando de ese olor de la carne haciéndose poquito a poco. Sabrosas, tiernas e indescriptibles a la vez, las raciones carnívoras, resultan un manjar estimulante para sentirte bendecido durante el resto del día.
En cuanto al restaurante, está muy bien apañado. No demasiado grande pero con una buena distribución de las mesas (no hay saturación). Además, si hay que esperar porque no hay mesa todavía, tienen habilitado en frente del restaurante un bar adjunto al negocio, para que la gente pueda ir picando algo acompañado de un vino o una cerveza fría como el hielo.
Tampoco he de olvidar mencionar el arte con el que acompañan la carne a la brasa. Si, son patatas fritas, pero vaya patatas fritas. Y los postres: la leche frita es un colofón excepcional a la comida. Una siesta después y a levantarte con una sonrisa de oreja a oreja.
La carne. A mi, y supongo que a todo el que vaya. Gusta hasta a un vegetariano.
Se permitía fumar, y a veces era muy molesto el humo mientras saboreabas la mejor pieza de carne de tu vida.
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