El Unicornius ha sido todo un descubrimiento... por fin. Y digo por fin porque llevo medi vida pasando por delante y queriendo entrar sin encontrar el día.
El restaurante está todo lo céntrico que se puede estar: en una de esas calles que unen Pelayo y Tallers, a escasos metros de la Plaza Cataluña y de las Ramblas. Y sin embargo, milagrosamente ha sabido salvarse del rollito cool-superfashion-divinodelamuerte-multicultural y megacaro que infesta la zona.
Por mucha gente que haya allí parece que siempre podrás encontrar un hueco, pues el local es grande y tienen mesas a montones. La cordialidad de los camareros es de agradecer: gente inteligente que trata a la gente con tacto y diligencia, algo también difícil de encontrar en esta zona.
Y por si fuera poco, está abierto los domingos y la comida es deliciosa... Nosotras optamos por un menú de 15 euros que incluía entrantes, primero, segundo, pan y postre. Escogimos como entrantes una combinación de cremas/patés con tostadas: champiñones, humus y algo que podía ser alcachofa... Estaban suavísimas, para sucar y sucar. De primero, una ensalada de quinoa por mi parte, gigantosísima, y de segundo, un risotto al curry que como dice mi madre no se lo salta un gitano con los pies juntos...
La variedad e imaginación que le echan a los postres también es para quitarse el sombrero: natillas de chocolate, batido con especies... Ay. Rico todo, de verdad. Hemos comido muy a gusto.
La ensalada de quinoa me sentó de muerte.
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