Érase una vez un restaurante que se hallaba como escondido, disimulado, en una calle que casi ni aparecía en los mapas; perdida ésta entre dos plazas famosas y de mucha historia (Coca y Santa Ana).
Érase una vez una casa de comidas -de buenos guisos caseros- con estrecha entrada; tanto que parecía como de cueva o fonda en cuento de niños.
Érase una vez un restaurante en lugar de Comedias; un local de corte clásico pero no antiguo, en el que sirven variados platos tradicionales.
Érase un restorán bien atendido, en el que en una comida familiar pedimos cada uno (varios) algo distinto, poniendo a prueba la carta y a quien la cocina, y por cuyo atrevimiento obtuvimos, en cambio, el grato resultado de que nadie marchó de allí descontento o defraudado.
Érase lo que todavía es.
Probamos varias posibilidades de la carta y todos quedamos satisfechos con la comida y el servicio
La entrada no le hace parecer muy accesible
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