Lo primero que destacaría de este restaurante es algo que quizás pase desapercibido para quien no conociera el antes del entorno. Y es el buen trabajo realizado aquí con la rehabilitación de un edificio histórico, un palacio renacentista del centro de la ciudad, al que se ha dado un uso que encaja bien en la vida de la zona. Y luego, además, resulta que la decoración del restaurante -costumbrista, sin extravagancias- respeta la identidad o el estilo de la antigua y remozada construcción, con lo que ya la primera impresión es agradable (le otorga cierta calidez, o da esa sensación de lo enraizado). En cuanto a la carta se ciñe a lo que conocemos como cocina tradicional, de amplia gama, con, por ejemplo, pescados ("del Cantábrico", te reseñan para denotar la calidad del producto, de la materia prima), entrantes variados que van más allá de lo común, guisos y postres caseros... Así, uno de mis acompañantes degustó rabo de toro y otro se apuntó al, por lo visto, famoso steak tartare de solomillo "al estilo de la casa", que incluye la sorpresa de ver la preparación. Digamos, para entendernos, que el tipo de comida es tradicional pero que el resultado no lo es (incluso en los postres). También se cuida la variedad de vinos (uno de mis acompañantes es bastante exigente en esta materia y no sólo no se quejó sino que alabó la carta). Quizás las únicas pegas puedan estar en el precio (fácil que salga por unos cincuenta euros, aunque desde el principio se advierte la calidad, también en el trato), en la dificultad del aparcamiento por la zona para quien tenga que utilizar vehículo, y en que quizás haya poco espacio entre las sillas de distintas mesas (o al menos tengo ese recuerdo).
La comida, el trato, la ubicación
Es caro
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