Coy, un marinero sin barco, desterrado del mar por un accidente de navegación ocurrido durante su guardia, conoce en Barcelona - en una subasta de objetos navales - a una mujer atractiva y misteriosa, Tanger, que en dura pugna con un aventurero italiano, Nino Palermo, consigue hacerse con una joya cartográfica del dieciocho, el Atlas Marítimo de Urrutia. Un cuarto personaje aparecerá aquí también en escena, Horacio Kiskoros, argentino de oscuro pasado y presente más tortuoso todavía que utiliza métodos mucho más expeditivos para conseguir lo que persigue. Coy irá descubriendo poco a poco que estos tres personajes tienen un objetivo común: el Dei Gloria, un bergantín hundido cerca de las costas de Cartagena hace ya tres siglos y que transportaba un misterioso tesoro relacionado con la expulsión de los jesuitas de España. Fascinado por Tanger, Coy tomará partido por ella, defendiendo sus intereses y convirtiéndose en su escudero y protector aunque ello implique seguirla primero a Madrid y luego a un verdadero periplo iniciático que les hará recorrer la costa mediterránea de Cádiz a Cartagena, a bordo de El Buenaventura, un velero de acusada personalidad, propiedad de el Piloto, amigo leal de Coy que participará también en la búsqueda de este tesoro que les cambiará la vida a todos ellos.
Arturo Pérz-Reverte es hoy por hoy uno de los autores más prolíficos de nuestra literatura y también uno de los más rentables. Ha sabido hacer de sus novelas auténticos guiones cinematográficos cargados de tesoros, simbolismos y auténticos mapas del pasado-presente que resultan muy sugerentes para ser transformados en versión cinematográfica. Imanol Uribe lleva al cine una adaptación de "La carta esférica" y cuenta para ello con un reparto de los que aseguran, al menos, un tirón inicial de taquilla. Aitana Sánchez-Gijón, Carmelo Gómez, Enrico Lo Verso, Gonzalo Cunill dan vida a unos personajes que muchos ya conocen aunque con las caras que cada uno les impone dentro de su particular concepción de la novela. La película no decepciona aunque el ritmo a veces le falla y es que los libros son una cosa y el cine otra. Lo malo de hacer adaptaciones de obras que conoce tanta gente es que luego hay una comparación inevitable con una trama que ya se ha ficcionado previamente y que, a nuestro juicio, es inmejorable: la que nos construimos en nuestra propia imaginación.