Género: Peliculas Drama
jeff_wygand 11-10-2008 15:45
A estas alturas nadie rebate que, consideraciones políticas aparte, Garci es un apasionado y artesano del cine. Le gusta, escribe y rueda bien y monta mejor. Y que el presupuesto del encargo -quince millones de euros, aportados exclusivamente por la Comunidad de Madrid- sobra para una película decente.Por otra parte, sabedores todos del final -y, leyendo a Galdós, casi del desarrollo íntegro- de la película, la puesta en escena ponía al servicio de la acción un cierto aspecto teatral, de epopeya ligera. No en vano, Garci utiliza pasajes de teatro, tomas callejeras y una cansina voz en off para ubicar la acción: ése será el axioma para apoyar la película que pretende. Pese a contener una trama histórica sobre un hecho ciertamente bélico, tendrá ésta un rechazo total a la aventura. Nada de armas y persecuciones: una historia de plateas, pasillos y comedor. Al menos hasta el día dos.Y no es excluyente para hacer una buena película, casos hay a decenas, pero es que como propuesta histórica, "Sangre de mayo" carece de personalidad. Incluso a nivel europeo, resulta un producto inferior a Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006), más cercano a "La conjura del Escorial" (Antonio del Real, 2008) y una película muy inferior a Cyrano de Bergerac (Jean Paul Rappenau, 1990): el ritmo es tedioso -marca de la casa-, carente de fuerza y a la adaptación de Garci y Varcarcel le falta la chispa necesaria para que las desventuras amorosas y laborales de Gabriel Araceli tengan gracia.Así las cosas, sólo las esporádicas apariciones de algunos personajes, bordados por un reparto inapelable (Fernando Guillén Cuervo, Miguel Rellán) conceden una cierta vitalidad a la historia de Gabriel (fantástico Quim Gutiérrez), plagada de lagunas -que no errores- del argumento. Y así pasan dos horas y cuarto, porque el final es caso aparte.Y es que, de tan puro cuidado el prolegómeno del evento, la culminación -es decir, el evento en sí- se desinfla inexorablemente. La suntuosidad ambiental y decorativa de las dos primeras horas debió dar al traste con el presupuesto, y sólo así se explica la austeridad de las escenas finales: moles de plebe corriendo a discreción y aleatoriamente, sin tensión ni sangre y, lo que es peor, sin sensación de riesgo; una plausible incomodidad para el realizador que debilita la impresión correcta conseguida hasta el momento.No contento con el desaliño, y dado que en todo el metraje apenas hay hueco para el humor, la película deriva en su recta final a chistes vacíos a cuenta de los gabachos, un recuerdo a Goya, y unas exóticas imágenes de Madrid, hoy día, a modo de "homenaje", totalmente ajenas al relato.



