Especias deliciosas te invaden nada más traspasar el umbral del Taj. Y apenas traspuestos del colocón aromático, una sonrisa. Porque aquí son muy amables y si quieres que no pique demasiado la comida, lo dices y no pasa nada. Tampoco hay que hacerse los duros a estas alturas. Eso sí, si quieres ponerte la lengua al rojo vivo, tienes tu oportunidad. Los arroces están riquísimos y los platos vienen con la cantidad justa, si no eres un glotón de cuidado. De precio está regular. Un pelín caro, sí, pero pagas un servicio en condiciones, que se agradece. Para bajar la comida, puedes acercarte al Círculo de Bellas Artes, que está a un tiro de piedra, aunque también hay que ver quién la lanza, que hay cada burranco por ahí...
El ambiente sosegado del local y la cortesía de los camareros, impensable por estos lares hispánicos en el 95 por ciento de los restaurantes.
Que si te pasas con el pique, cosa harto sencilla, te acaba sabiendo todo igual.
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