Sinceramente, soy cinéfila. Incluso cinéfaga. Me encanta el cine, cuando lo echan por la tele, incluso con anuncios; cuando me pongo una peli en casa (hasta hecho de menos los tiempos en los que uno iba los viernes al videoclub. Ay, lástima de ADSL...); y, sobre todo, cuando uno va al cine. Me gusta comprar las entradas en taquilla, dar una vuelta leyendo las críticas de las películas en cartel. Me gusta el olor a palomitas, aunque no sea capaz de comerlas dentro de la sala por respeto al resto de los asistentes. Me encantan los anuncios, la sintonía de Movierecord. Me encanta que se vaya la luz y uno se meta dentro de una película. Y todo eso es absolutamente imposible de hacer en Kinépolis. Kinépolis es como un Rosebud en el que uno va al cine y se termina dejando 50 euros en cosas para comer y beber dentro de la sala y estupideces varias de las tiendas alrededor, y para eso está pensado. No para disfrutar del cine. No, desde el momento en que las colas de taquilla son de horas, desde el momento en que para pedir una botella de agua tienes que pasar por un minimarket en el que tienes absolutamente cualquier variedad de producto para satisfacer la gula. No, cuando te vas a ver una película y la sala entera huele a nachos con queso. Por dios, estos cines son un horror.
Las butacas, es cierto, ofrecen una comodidad nunca vista en otras salas.
Todo, todo, todo. Aborrezco este sitio y, como dice labrujaaveria, por su culpa me cierran los cines del centro, que son en los que uno puede tener la experiencia de ir al cine en su máxima expresión.
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2008-04-11 14:51:38
Nano
Es cierto, cuánto daño están haciendo a los cines de barrio estos monstruosos monumentos al mal gusto. Quizá si eres obeso y ciudadano de los Estados Unidos le encuentres algún sentido a coger el coche y venirte hasta aqui.
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